Hay momentos de la Pasión de Jesús que conocemos desde niños.
Getsemaní.
La flagelación.
La corona de espinas.
La cruz.
El Calvario.
Los hemos escuchado tantas veces que existe el peligro de acostumbrarnos a ellos.
Pero detrás de cada uno hubo dolor real.
Hubo entrega.
Hubo obediencia.
Y, sobre todo, hubo amor.
Cristo no caminó hacia el Calvario porque nosotros lo mereciéramos. Caminó porque decidió amarnos hasta el extremo.
Por eso hoy no queremos simplemente recordar la Pasión.
Queremos contemplarla.
Detenernos en siete momentos.
Mirarlos con los ojos de la fe.
Y preguntarnos:
¿Qué me está diciendo hoy la Sangre que Cristo derramó por mí?
1. Getsemaní: cuando Jesús sintió angustia
Antes de los clavos hubo una noche.
Jesús entró en Getsemaní sabiendo lo que se acercaba.
El Evangelio nos presenta uno de los momentos más humanos de la Pasión.
Jesús siente angustia.
Ora.
Y dice:
“Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Lucas 22,42
San Lucas añade:
“Y su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra.”
Lucas 22,44
Antes de que los soldados comenzaran a golpearlo, Jesús ya estaba sufriendo.
Getsemaní nos enseña algo importante:
tener miedo no significa no tener fe.
Jesús experimentó angustia, pero permaneció unido al Padre.
Quizás tú también tengas tu propio Getsemaní.
Una enfermedad.
Un problema familiar.
Una decisión difícil.
Una preocupación que nadie conoce.
Una noche en la que no sabes qué sucederá mañana.
En esos momentos podemos aprender la oración de Jesús:
“Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
No siempre podemos controlar lo que viene.
Pero podemos decidir en manos de quién colocamos nuestra vida.
2. La flagelación: el amor que soportó el dolor
Pilato mandó azotar a Jesús.
El Evangelio lo expresa en pocas palabras:
“Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó azotarle.”
Juan 19,1
Una frase corta.
Un sufrimiento inmenso.
La flagelación nos recuerda que la Pasión no fue una representación simbólica.
Cristo sufrió realmente.
Su cuerpo fue herido.
Su Sangre fue derramada.
Cuando contemplemos a Jesús flagelado, podemos presentar delante de Él nuestras propias heridas.
No solamente las físicas.
También aquellas que nadie ve.
Las palabras que todavía duelen.
El rechazo.
La traición.
La humillación.
El abandono.
Las heridas que aprendimos a esconder detrás de una sonrisa.
Cristo conoce el sufrimiento.
Por eso podemos acercarnos a Él sin fingir.
Jesús herido comprende un corazón herido.
3. La corona de espinas: cuando se burlaron del Rey
Los soldados no se conformaron con golpearlo.
También quisieron humillarlo.
“Trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza.”
Mateo 27,29
Lo vistieron como rey para burlarse de Él.
Se arrodillaban delante de Jesús mientras lo ridiculizaban.
Y aquel que verdaderamente era Rey permaneció allí.
La corona de espinas nos hace pensar en todas las heridas provocadas por la humillación.
Hay personas que todavía cargan palabras que alguien pronunció hace veinte o treinta años.
“No sirves.”
“Nunca llegarás a nada.”
“Nadie te va a querer.”
“Eres un fracaso.”
Las palabras pueden convertirse en espinas.
Pero ninguna palabra pronunciada contra nosotros tiene más autoridad que la palabra que Dios pronuncia sobre nuestra vida.
Para el mundo quizás no seas importante.
Para Dios valiste la Sangre de su Hijo.
No permitas que una voz humana determine el valor que Dios ya te dio.
4. Jesús carga la cruz: seguir caminando cuando pesa
Después llegó el camino.
Jesús tuvo que avanzar hacia el Calvario.
Herido.
Cansado.
Humillado.
Cargando la cruz.
Todos conocemos algo sobre cargar.
Algunas cruces se ven.
Otras no.
Hay personas que trabajan, sonríen, conversan y continúan con su rutina mientras por dentro están librando una batalla enorme.
Problemas económicos.
Conflictos familiares.
Soledad.
Preocupación por los hijos.
Enfermedad.
Duelo.
Incertidumbre.
La fe cristiana no promete una vida sin cruces.
Jesús dijo:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.”
Mateo 16,24
Pero existe una enorme diferencia entre cargar una cruz solos y cargarla caminando detrás de Cristo.
Tal vez hoy no puedas eliminar aquello que pesa sobre tus hombros.
Pero puedes decir:
“Jesús, camina conmigo.”
5. Los clavos: un amor que decidió permanecer
Llegaron al Calvario.
Y allí crucificaron a Jesús.
Sus manos, aquellas que habían tocado enfermos, bendecido niños y levantado caídos, fueron clavadas.
Sus pies, aquellos que habían recorrido caminos anunciando el Reino de Dios, quedaron sujetos a la cruz.
Cristo pudo haber rechazado todo aquello.
Pero permaneció.
No porque los clavos fueran más fuertes que Él.
Permaneció por amor.
San Pablo escribió:
“Me amó y se entregó a sí mismo por mí.”
Gálatas 2,20
Detente un momento en esas palabras:
“Por mí.”
La cruz pertenece a toda la humanidad.
Pero también puedes contemplarla personalmente.
Cristo te conocía.
Conocía tus pecados.
Tus errores.
Tus futuras caídas.
Tus dudas.
Y aun así entregó su vida.
Por eso, cuando el enemigo quiera convencerte de que Dios dejó de amarte, mira nuevamente la cruz.
La cruz responde:
“Te amó hasta el extremo.”
6. La Sangre derramada desde la cruz: el precio de nuestra redención
En el Calvario encontramos el centro de nuestra contemplación.
Jesús entrega su vida.
Su Sangre ha sido derramada.
San Pedro nos recuerda:
“Habéis sido rescatados [...] con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo.”
1 Pedro 1,18-19
Aquí comprendemos por qué hablamos de la Preciosísima Sangre de Cristo.
Preciosa porque pertenece al Hijo de Dios.
Preciosa porque fue derramada por amor.
Preciosa porque está vinculada al misterio de nuestra redención.
Cuando contemplamos la cruz no estamos celebrando el sufrimiento por el sufrimiento.
Estamos contemplando hasta dónde llegó el amor.
El cristianismo no proclama simplemente:
“Jesús murió.”
Proclama algo mucho más grande:
Cristo murió y resucitó.
El Calvario no fue el final.
La muerte no tuvo la última palabra.
Por eso la Sangre de Cristo habla también de esperanza.
7. El costado traspasado: aun después de entregar su vida
Después de la muerte de Jesús ocurrió una escena profundamente significativa.
San Juan relata:
“Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua.”
Juan 19,34
La tradición cristiana ha contemplado profundamente este misterio.
Del costado abierto de Cristo brotan sangre y agua.
Incluso cuando aparentemente todo había terminado, el costado de Jesús permaneció abierto.
Es una imagen poderosa del amor que se entrega completamente.
No a medias.
No solamente cuando resulta fácil.
Hasta el final.
Y frente al costado abierto de Cristo podemos preguntarnos:
¿Qué parte de mi corazón todavía mantengo cerrada para Dios?
Quizás le entregamos nuestra vida espiritual, pero no nuestras decisiones.
Quizás le entregamos nuestros problemas, pero no nuestro orgullo.
Quizás le entregamos nuestras lágrimas, pero todavía no nuestro rencor.
Quizás queremos que Jesús entre en nuestra vida, pero solamente hasta cierta puerta.
La contemplación de la Pasión nos invita a abrir completamente el corazón.
No contemples la cruz desde lejos
Después de recorrer estos siete momentos, existe una pregunta inevitable:
¿Qué hacemos ahora?
Podemos conocer toda la historia de la Pasión y continuar viviendo exactamente igual.
Podemos saber de memoria los Evangelios.
Podemos tener crucifijos en nuestras casas.
Podemos rezar muchas oraciones.
Pero la cruz siempre nos invita a responder.
Si Cristo perdonó, nosotros debemos aprender a perdonar.
Si Cristo amó, nosotros debemos aprender a amar.
Si Cristo se entregó, nosotros debemos aprender a servir.
Si Cristo venció el pecado, nosotros debemos luchar contra aquello que nos separa de Dios.
La devoción a la Preciosísima Sangre de Cristo no consiste únicamente en mirar hacia el Calvario.
Consiste en permitir que el Calvario cambie nuestra manera de vivir.
Cuando mires un crucifijo, recuerda esto
La próxima vez que estés frente a un crucifijo, no pases rápidamente.
Mira sus manos.
Mira sus pies.
Mira su costado.
Y recuerda:
Ahí hay una historia de amor.
Quizás el mundo te haya hecho sentir olvidado.
Quizás alguien te hizo creer que no valías suficiente.
Quizás tú mismo hayas llegado a pensar que tus errores te alejaron demasiado de Dios.
Entonces mira nuevamente la cruz.
Porque antes de que tú buscaras a Dios,
Dios ya había salido a buscarte.
Oración contemplando la Pasión de Cristo
Señor Jesús,
hoy quiero detenerme delante de tu cruz.
No quiero mirar tu Pasión como una historia distante.
Quiero comprender que entregaste tu vida también por mí.
En Getsemaní, acompaña mis momentos de angustia.
En tu flagelación, recibe mis heridas.
En tu corona de espinas, sana las humillaciones que todavía llevo en el corazón.
En el camino al Calvario, ayúdame a cargar mis cruces sin apartarme de Ti.
Ante tus manos y pies clavados, enséñame a comprender la profundidad de tu amor.
Ante tu Sangre derramada, recuérdame que he sido redimido a un precio precioso.
Y ante tu costado abierto, dame la gracia de abrirte completamente mi corazón.
Preciosísima Sangre de Cristo,
purifica mi vida.
Fortalece mi fe.
Sana mis heridas.
Ayúdame a abandonar el pecado.
Protege mi familia.
Sostén a quienes están sufriendo.
Y cuando llegue mi propio Getsemaní, recuérdame que nunca estoy solo.
Jesús,
que tu Pasión no sea solamente algo que recuerdo,
sino un amor que transforme mi manera de vivir.
Que al contemplar tu Sangre derramada pueda decir desde lo profundo de mi corazón:
Jesús, confío en Ti.
Jesús, pertenezco a Ti.
Jesús, no permitas que me aparte de Ti.
Amén.
Reflexión final
Getsemaní.
Los azotes.
Las espinas.
La cruz.
Los clavos.
La Sangre.
El costado abierto.
Siete momentos.
Una sola razón:
amor.
Y quizás después de contemplar todo lo que Cristo entregó por nosotros, la pregunta ya no sea solamente:
“Señor, ¿qué puedes hacer Tú por mí?”
Tal vez también debamos preguntarnos:
“Jesús, después de todo lo que hiciste por mí, ¿cómo quieres que viva desde hoy?”
Por Geovanny Valdez

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