Hay heridas que nadie puede ver.
No sangran por fuera, pero continúan abiertas por dentro.
Una traición.
Una humillación.
Una mentira.
Una persona que desapareció cuando más la necesitábamos.
Una palabra pronunciada hace muchos años que todavía recordamos perfectamente.
Podemos continuar trabajando, sonriendo, hablando con otras personas e incluso asistiendo a la iglesia mientras llevamos esa herida escondida.
Y entonces escuchamos hablar del perdón.
Jesús dice:
“Perdonen y serán perdonados.” — Lucas 6,37
Pero perdonar no siempre resulta sencillo.
Y hay algo importante que debemos entender: perdonar no significa decir que aquello que nos hicieron estuvo bien.
Tampoco significa permitir nuevamente el abuso, la manipulación o el daño.
Perdonar significa dejar de alimentar dentro de nosotros el deseo de vivir encadenados a aquella herida.
Porque algunas personas salieron de nuestra vida hace años, pero todavía continúan viviendo dentro de nuestros pensamientos.
Recordamos lo ocurrido.
Imaginamos conversaciones.
Pensamos en lo que debimos responder.
Y sin darnos cuenta seguimos atados al momento que nos lastimó.
Cristo conoce profundamente las heridas humanas.
Fue traicionado.
Fue abandonado.
Fue humillado.
Fue golpeado.
Fue acusado injustamente.
Y desde la cruz dijo:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” — Lucas 23,34
De sus heridas salió Sangre.
Por eso podemos llevar nuestras propias heridas delante de la Preciosísima Sangre de Cristo.
Quizás todavía no puedas decir:
“Ya perdoné completamente.”
Entonces comienza diciendo:
“Señor, quiero aprender a perdonar.”
Puede ser suficiente para comenzar.
El perdón muchas veces es un proceso.
Hoy entregamos una parte.
Mañana descubrimos otra herida.
Y volvemos nuevamente delante de Dios.
No necesitas fingir que no dolió.
Puedes decirle exactamente cuánto dolió.
Pero también puedes pedirle que aquella experiencia no determine el resto de tu vida.
Preciosísima Sangre de Cristo, entra en aquellas heridas que todavía guardo. Sana mis recuerdos, limpia mi corazón del resentimiento y dame la gracia de perdonar como Tú me has perdonado. Amén.
Hay personas que necesitan salir de nuestra vida.
Pero también necesitan salir de nuestro corazón.
Por Geovanny Valdez
Devoción a la Preciosísima Sangre de Cristo
www.ladevociondelasangredecristo.com

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