Este lunes 19 de octubre, una noticia llegada desde el suroeste de Colombia nos invita a detenernos y orar. Catorce mineros perdieron la vida y siete resultaron heridos tras el derrumbe de una mina de oro en el sector de Chambero, en Santa Bárbara de Iscuandé, departamento de Nariño, según confirmaron las autoridades en un reporte recogido por la agencia Reuters. Las labores de búsqueda y rescate ya concluyeron, informó el gobernador de Nariño, Luis Alfonso Escobar.
Catorce vidas que salieron a trabajar
Los catorce fallecidos eran trabajadores de una minería artesanal que en esa región es el sustento de muchas familias. Salieron de sus casas en la mañana, como tantos días, buscando el pan para los suyos. La tierra se deslizó sobre el lugar donde laboraban y no regresaron. Detrás de la cifra hay esposas, hijos, madres y padres que hoy reciben la noticia más dura y necesitan, más que palabras, el consuelo de Dios y la cercanía de su comunidad.
En agosto, otra tragedia parecida en Policarpa, también en Nariño, dejó trece muertos. Que en dos meses una misma tierra llore a veintisiete mineros nos recuerda la fragilidad de la vida y la dignidad de quienes trabajan en las condiciones más difíciles. Cada vida vale lo mismo ante los ojos del Señor, tenga el oficio que tenga y viva donde viva.
Una oración por las víctimas y los heridos
Señor Dios nuestro, en tus manos encomendamos a los catorce mineros de Iscuandé que hoy han partido. Recíbelos en tu paz y en tu luz, y perdona sus faltas con tu misericordia infinita. Mira con ternura a sus familias: seca sus lágrimas, fortalece su corazón quebrantado y no permitas que la desesperanza apague su fe.
Te pedimos también por los siete heridos: acompaña su recuperación, guía las manos de quienes los atienden y dales la certeza de que no están solos. Y protege, Señor, a cada minero artesanal que mañana volverá a su labor; que su trabajo sea seguro, justo y digno, y que ningún hogar más tenga que esperar en vano el regreso de los suyos.
La Palabra que consuela
En momentos como este, la Escritura nos sostiene con una promesa sencilla y profunda: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Salmo 23, Biblia Latinoamericana). El pastor no abandona a sus ovejas ni siquiera en el valle más oscuro. Esa es la esperanza que hoy abrazamos por las familias de Iscuandé: que el Señor camina con ellas en medio del duelo, aunque el dolor no les deje verlo todavía.
La Sangre de Cristo, derramada por todos, es también prenda de ese consuelo. A su amparo ponemos a las víctimas, a los heridos y a toda la comunidad de Santa Bárbara de Iscuandé, para que la fe sostenga lo que las fuerzas humanas ya no alcanzan a sostener.
Una comunidad que hoy necesita cercanía
Santa Bárbara de Iscuandé es una comunidad de la costa pacífica nariñense, de gente trabajadora y de fe profunda, acostumbrada a salir adelante con lo poco que tiene. Hoy esa comunidad entierra a sus muertos y acompaña a sus heridos, y lo hace, como tantas comunidades humildes de nuestra América, apoyándose en la oración y en la solidaridad de los vecinos. Nadie debería cargar solo un dolor tan grande.
Por eso esta oración también es un compromiso: recordar a estos mineros por su nombre de hijos de Dios y no como una cifra más, acompañar a sus familias en la distancia y pedir, con respeto y con esperanza, que su trabajo sea reconocido y protegido. La fe que no se hace cercanía con el que sufre se queda a mitad de camino.
Quedamos en oración
Desde La Devoción de la Sangre de Cristo acompañamos en oración a las familias de Nariño. Que el Señor reciba a los fallecidos en su descanso, sane a los heridos y consuele a quienes lloran. Y que esta tragedia mueva a todos —autoridades y sociedad— a cuidar la vida de los trabajadores más humildes, porque ninguna riqueza de la tierra vale más que una sola vida humana.
Señor, ten piedad de ellos y de nosotros. Amén.

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