Cuando los clavos atravesaron las manos y los pies de Jesús, la Sangre brotó abundantemente. Esa Sangre selló la nueva alianza entre Dios y la humanidad.
Aquí el amor alcanzó su máxima expresión. No hubo reservas, no hubo condiciones. Cristo se entregó por completo.
Quien contempla esta Sangre comprende que no hay pecado más grande que su misericordia.

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