Hay batallas que no se ven, pero se sienten: la angustia que no te deja dormir, la tentación que vuelve una y otra vez, el desánimo que apaga la oración. Para esos momentos, la Iglesia nos ha enseñado desde siempre a invocar a un defensor poderoso: San Miguel Arcángel, el príncipe de la milicia celestial.
Su nombre significa «¿Quién como Dios?», y esa sola pregunta es ya una oración: nadie es como Dios, nadie está por encima de Él, y quien se acoge a su protección nunca pelea solo.









