Hay santos que predicaron con la dulzura de una conversación tranquila, y hay otros cuya voz resonó como un clarín que despertaba pueblos enteros. San Juan de Capistrano pertenece a los segundos: un fraile franciscano pequeño de estatura, austero hasta el extremo y, sin embargo, capaz de reunir a miles de personas que caminaban días enteros solo para escucharle anunciar el Evangelio.
Su fiesta se celebra el 23 de octubre, y su historia sigue hablando hoy a quien siente que su vida tomó un rumbo equivocado. Antes de ser fraile fue juez, gobernador y prisionero; antes de levantar la cruz en las plazas de Europa, conoció la cárcel, la derrota y la vanidad del poder. Por eso su testimonio consuela: Dios no espera a que seamos santos para llamarnos; nos llama en medio de nuestra historia, tal como es.
