Cuando la tierra tiembla, nuestra oración se levanta
La noche del jueves 22 de octubre, un terremoto de magnitud 7,0 sacudió el norte del Tíbet, en China. En pocos segundos, cientos de viviendas de piedra se vinieron abajo en las aldeas de alta montaña de la prefectura de Nagqu: al menos 16 personas perdieron la vida, 76 resultaron heridas y más de 12.000 vecinos tuvieron que abandonar sus hogares en medio de la noche, del frío y de la nieve que amenaza la región.
Detrás de cada número hay un rostro, una familia, una historia interrumpida. Hay madres que buscan consuelo, ancianos que lo perdieron todo y rescatistas que, linterna en mano, siguen removiendo escombros con la esperanza de encontrar vida. Ante un dolor así, tan lejano en el mapa y tan cercano en el corazón, la Iglesia responde como sabe hacerlo desde siempre: poniéndose de rodillas y orando.
Dios, refugio en medio de la angustia
La Palabra del Señor nos recuerda que Él no se aleja cuando todo se derrumba; al contrario, se hace cercano como refugio seguro. Y nos deja además una promesa para quienes hoy lloran en el Tíbet:
«Felices los que lloran, porque recibirán consuelo» (Mt 5,4, Biblia Latinoamericana).
Ese consuelo no es una palabra vacía: es la presencia de Dios que abraza en el duelo, es la mano del rescatista que no se rinde, es la tienda levantada en medio de la noche helada, es cada oración que desde cualquier rincón del mundo se eleva por personas cuyos nombres no conocemos, pero a quienes Dios conoce uno por uno.
Oración por las víctimas del terremoto del Tíbet
Señor Dios nuestro, mira con misericordia a tus hijos del Tíbet. Recibe en tu paz a las personas que perdieron la vida bajo los escombros y consuela a sus familias con la esperanza de la vida eterna. Sana a los heridos, fortalece a quienes han perdido su hogar y protege a los rescatistas que arriesgan su vida por salvar la de otros.
Tú que calmaste la tempestad y caminaste sobre las aguas, calma también la tierra que aún tiembla con sus réplicas y apacigua el corazón de quienes tienen miedo. Que ninguna familia se sienta sola en esta noche oscura; que tu luz, como la llama de una vela que no se apaga, les recuerde que Tú estás con ellos. Por la Sangre preciosa de tu Hijo Jesucristo, derrama tu consuelo y tu paz sobre cada aldea herida. Amén.
Una vela encendida por el Tíbet
Te invitamos a encender hoy una vela en tu hogar y a dedicar un momento de oración por las víctimas de este terremoto. La distancia no impide amar: cuando oramos por quienes sufren al otro lado del mundo, nos convertimos en familia de los que lloran y en testigos de que el amor de Dios no conoce fronteras ni montañas demasiado altas.
Piensa también en los rescatistas que, a más de 4.500 metros de altura, trabajan con las manos heladas y el corazón despierto buscando vida entre las piedras. Piensa en los niños que esta noche dormirán en una tienda de campaña, en los ancianos que necesitarán abrigo y medicina, y en cada familia que tendrá que empezar de nuevo. Nuestra oración llega donde nuestros pies no pueden llegar, y sostiene lo que nuestras manos no pueden levantar.
Que el Señor, rico en misericordia, sostenga al pueblo del Tíbet en esta hora de prueba y haga nacer, entre los escombros, signos nuevos de esperanza y de vida. Y que a nosotros nos conceda un corazón atento, capaz de dolerse con el que sufre y de no acostumbrarse jamás al dolor ajeno.

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