Cuando el viento ruge, la oración sostiene
Durante dos días, Taiwán se detuvo ante el tifón Champi, una de las tormentas más fuertes del Pacífico en este año. El viento inclinó las palmeras, el mar se levantó en olas de hasta diez metros y la lluvia cayó sin tregua sobre la isla. El balance confirmado por el Departamento de Bomberos es de una persona fallecida —un hombre arrastrado por las olas en la isla de Liuqiu— y 527 heridos; más de 167.000 hogares llegaron a quedarse sin electricidad y miles de familias pasaron la noche entre el ruido del viento y la incertidumbre.
Detrás de cada cifra hay un hogar que tembló, una madre que abrazó a sus hijos en la oscuridad, un anciano que esperó a que volviera la luz. Ante la fuerza de la naturaleza, que nos recuerda lo frágiles que somos, la respuesta del creyente no es el miedo: es la confianza en Dios y la oración por los que sufren, aunque estén al otro lado del océano.
El Señor, refugio en la tormenta
La Palabra nos enseña que Dios no abandona a sus hijos cuando todo alrededor parece deshacerse. Su promesa sigue en pie también para Taiwán:
«No temas, porque yo estoy contigo» (Is 41,10, Biblia Latinoamericana).
Esa presencia se hizo visible estos días en los rescatistas que salieron bajo la lluvia, en los trabajadores que restablecieron la electricidad casa por casa y en cada vecino que compartió techo, agua y alimento. Donde hay una mano tendida en medio de la tormenta, ahí está el consuelo del Señor llegando a los suyos.
Oración por las víctimas del tifón Champi
Señor Dios nuestro, mira con misericordia a tus hijos de Taiwán. Recibe en tu paz a la persona que perdió la vida arrastrada por las olas y consuela a su familia con la esperanza de tu amor. Sana a los 527 heridos, fortalece a quienes evacuaron sus hogares y protege a los equipos de emergencia que aún trabajan entre la lluvia y los árboles caídos.
Tú que ordenaste al viento y al mar que se calmaran, apacigua también el corazón de cada familia taiwanesa que esta noche duerme sin luz o lejos de su casa. Que la Sangre preciosa de tu Hijo Jesucristo los cubra y los guarde, y que, cuando amanezca y la tormenta sea solo un recuerdo, renazca en ellos la esperanza de reconstruir. Amén.
Una vela encendida por Taiwán
Te invitamos a encender hoy una vela en tu hogar y a dedicar un momento de oración por Taiwán. La tormenta ya se aleja hacia el norte, debilitada, pero las heridas, los daños y el cansancio quedan en miles de hogares. Nuestra oración llega donde nuestros pies no pueden llegar: sostiene a la madre que vela a un hijo herido, al trabajador que repara una línea caída y al pescador que volverá al mar cuando vuelva la calma.
Piensa también en los más de 2.600 evacuados de las zonas montañosas, que dejaron su casa con lo puesto ante el temor de los deslizamientos; en los pescadores de Liuqiu, que lloran a un compañero arrastrado por el mar; y en los niños que escucharon el viento golpear las ventanas durante dos noches seguidas. Por todos ellos, y por las comunidades de la costa china y del sur de Japón hacia donde la tormenta se dirige ya debilitada, elevamos hoy nuestra súplica confiada.
Que el Señor, refugio y fortaleza de su pueblo, sostenga a Taiwán en esta hora de prueba y haga brotar, entre la lluvia y los escombros, signos nuevos de esperanza y de vida. Y que a nosotros nos conceda un corazón atento, capaz de dolerse con el que sufre y de no acostumbrarse jamás al dolor ajeno.

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