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San Simón Apóstol: vida, martirio y oración al apóstol zelote de Cristo

Iglesia antigua de piedra al amanecer con fieles de espaldas rezando con velas y rosarios en honor a San Simón Apóstol

Hay apóstoles de los que los Evangelios nos cuentan muchos detalles, y otros que aparecen casi en silencio, con apenas unas líneas. San Simón es uno de ellos. Y, sin embargo, su silencio también habla: habla de un hombre que dejó todo por seguir a Cristo, que predicó el Evangelio hasta entregar la vida, y que la Iglesia recuerda cada 28 de octubre junto a san Judas Tadeo.

En la víspera de su fiesta, te invitamos a conocer a san Simón Apóstol, llamado el Zelote o el Cananeo, a meditar lo que su vida nos enseña hoy y a rezar con una oración sencilla para pedir su intercesión.

San Simón Apóstol en los Evangelios

San Simón aparece en las listas de los Doce Apóstoles que nos transmiten los Evangelios y el libro de los Hechos. Allí es nombrado como «Simón, llamado Zelote» y también como «Simón el Cananeo». No hay que confundirlo con Simón Pedro, el príncipe de los apóstoles: son dos discípulos distintos, aunque compartan el mismo nombre.

El sobrenombre de Zelote ha sido interpretado de dos maneras. Para algunos, indica que Simón había pertenecido antes al grupo de los zelotes, judíos que deseaban con ardor la liberación de su pueblo. Para otros, la palabra señala simplemente su celo, su entrega ferviente a la Ley de Dios. En cualquiera de los dos casos, la enseñanza es hermosa: Cristo no desperdicia el fuego que hay en un corazón. Lo purifica, lo ordena y lo pone al servicio del Evangelio.

Simón era natural de Caná de Galilea, la misma aldea donde el Señor hizo su primer milagro en unas bodas. Algunos escritores antiguos lo han relacionado con aquel banquete, pero la tradición no lo afirma con certeza. Lo seguro es lo esencial: un día escuchó la llamada de Jesús, dejó sus planes y se convirtió en pescador de hombres.

Un apóstol de celo convertido en amor

La vida de san Simón nos ayuda a entender qué hace Dios con nuestro carácter. Hay personas de temperamento fuerte, apasionado, que no saben vivir las cosas a medias. Ese fuego, sin Dios, puede volverse dureza o impaciencia; pero entregado a Cristo, se convierte en valentía para anunciar la verdad, en constancia en la oración y en fidelidad cuando llegan las dificultades.

Simón siguió al Señor durante su vida pública, escuchó sus enseñanzas, presenció sus milagros y también vivió la noche oscura de la Pasión. Como los demás apóstoles, no fue un héroe desde el primer día: tuvo que aprender, esperar y dejarse transformar por la Resurrección. En Pentecostés recibió el Espíritu Santo junto a María y a los demás discípulos, y desde entonces su celo ya no buscaba imponer nada por la fuerza, sino conquistar los corazones con la palabra y el testimonio.

Así lo recuerda la Iglesia cuando canta a los apóstoles como columnas de la fe: hombres frágiles, sostenidos por la gracia, que llevaron la luz de Cristo a pueblos que nunca habían oído su Nombre.

La misión y el martirio de San Simón

Después de Pentecostés, los apóstoles se dispersaron para anunciar el Evangelio. Sobre los caminos exactos de san Simón, la tradición conserva relatos diversos: unos lo sitúan predicando en Egipto y en tierras de África; otros lo llevan, junto a san Judas Tadeo, hacia Mesopotamia y Persia. Esta última tradición es muy antigua y explica por qué la Iglesia los celebra juntos el mismo día: habrían anunciado a Cristo como compañeros de misión y habrían sellado juntos su testimonio con el martirio.

Según esa tradición, Simón y Judas sufrieron persecución por negarse a adorar a los ídolos y por convertir a muchos al cristianismo. Sus reliquias, según una venerable tradición, se conservan en Roma, en la basílica de San Pedro, bajo un altar dedicado a ambos apóstoles, donde los fieles pueden venerarlos hasta hoy.

Más allá de los detalles que la historia no nos permite precisar del todo, la Iglesia nos propone lo seguro: Simón fue mártir, es decir, testigo. Su sangre derramada por Cristo proclama que el Evangelio no es una idea bonita, sino una vida que vale la pena entregar por completo.

¿Por qué se celebra a San Simón el 28 de octubre?

El calendario de la Iglesia reserva el 28 de octubre para la fiesta conjunta de los santos Simón y Judas, apóstoles. Celebrarlos juntos tiene un sentido profundo: nos recuerda que la fe se vive y se anuncia en comunión. Nadie evangeliza solo. El Señor envió a sus discípulos de dos en dos, y la amistad en la fe — dos hermanos que se sostienen, rezan juntos y caminan juntos — sigue siendo hoy una de las fuerzas más grandes de la Iglesia.

En estos días, además, muchos fieles rezan la novena a san Judas Tadeo, patrono de las causas difíciles. Al celebrarlo, conviene no olvidar a su compañero de fiesta: san Simón nos enseña la otra cara de la misma moneda, la perseverancia silenciosa, el trabajo apostólico sin reflectores, la fidelidad de quien sirve aunque su nombre aparezca pocas veces.

Si en tu vida sientes que tu esfuerzo por Dios pasa desapercibido, san Simón es un intercesor cercano para ti. En el cielo no brillan los más famosos, sino los más fieles.

Enseñanzas de San Simón para nuestra vida

La primera enseñanza es la llamada. Dios sigue llamando hoy a personas comunes, con trabajos, familias y preocupaciones concretas, como llamó a Simón en Galilea. No hace falta ser perfecto para responder; hace falta decir que sí y dejar que el Señor vaya haciendo la obra.

La segunda enseñanza es el celo bien ordenado. Amar a Dios con pasión no significa juzgar a los demás ni imponer la fe a gritos. El celo de los santos se reconoce por sus frutos: oración constante, caridad paciente, verdad dicha con mansedumbre y una vida que respalda lo que la boca anuncia.

La tercera enseñanza es la perseverancia hasta el final. Simón no abandonó cuando la misión se volvió peligrosa. Nosotros también atravesamos momentos en los que mantenernos fieles cuesta: una enfermedad, un problema familiar, una burla por nuestra fe. Pedir la intercesión de los apóstoles mártires nos fortalece para no soltar la mano de Cristo en la prueba.

Y hay una cuarta lección, muy actual: el valor del silencio fecundo. De Simón no conservamos cartas ni discursos, y sin embargo su predicación dio fruto en generaciones enteras. Dios también escribe su historia con nuestras obras escondidas: la madre que enseña a rezar a sus hijos, el trabajador honrado, el enfermo que ofrece su dolor. Nada de eso se pierde.

Oración a San Simón Apóstol

Glorioso san Simón, apóstol del Señor, tú que escuchaste la llamada de Cristo y lo seguiste con un corazón ardiente, intercede por nosotros ante Dios.

Alcánzanos un celo santo por las cosas del cielo, que no se apague en las dificultades ni se vuelva dureza con los hermanos. Enséñanos a anunciar el Evangelio con la palabra oportuna y, sobre todo, con el testimonio de una vida fiel.

Pide para nuestras familias la gracia de perseverar unidas en la fe, para los que sufren persecución por Cristo la fortaleza de los mártires, y para los que se han alejado del Señor el don de volver a su casa.

San Simón Apóstol, compañero de misión de san Judas Tadeo, ruega por nosotros y acompáñanos en el camino, hasta que un día podamos alabar a Dios contigo en la gloria del cielo. Amén.

Para meditar en casa, te dejamos estas palabras del Señor a sus apóstoles, que también son para ti: «Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando» (Juan 15, 14, Biblia Latinoamericana). Y aquella promesa que sostuvo a los mártires: «El que persevere hasta el fin, se salvará» (Mateo 24, 13, Biblia Latinoamericana).

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Por Geovanny Valdez
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