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Todos los Santos: significado del 1 de noviembre, historia y cómo celebrarlo en familia

 

Interior de una iglesia católica con velas encendidas, vitrales luminosos y fieles orando en la fiesta de Todos los Santos el 1 de noviembre

El 1 de noviembre la Iglesia se viste de fiesta para celebrar a Todos los Santos: a los conocidos y a los anónimos, a los que ya contemplan a Dios cara a cara y nos esperan en el cielo.

Qué celebramos el 1 de noviembre en la fiesta de Todos los Santos

Cada 1 de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos, una de las fiestas más antiguas y queridas de la Iglesia. Ese día no recordamos a un solo santo, sino a la multitud inmensa de hombres y mujeres que ya alcanzaron la meta: los santos canonizados cuyos nombres conocemos, y también a tantos bautizados sencillos que vivieron el Evangelio en lo escondido y hoy gozan de la presencia de Dios.

Entre ellos están nuestros abuelos que rezaban el rosario cada noche, la madre que entregó su vida por su familia, el trabajador honrado que nunca hizo daño a nadie, el enfermo que ofreció su dolor con paciencia. La fiesta nos recuerda que el cielo no está poblado solo por figuras lejanas de los altares: está lleno de gente común que amó de verdad.

Por eso este día es, en el fondo, una fiesta de esperanza. La Iglesia nos levanta la mirada y nos dice: ese es tu destino, esa es tu familia grande, y ese camino también está abierto para ti.

El origen de la fiesta: de los mártires a todos los santos

En los primeros siglos, las comunidades cristianas celebraban cada año el aniversario de la muerte de sus mártires en el lugar donde habían dado la vida. Con el paso del tiempo, al multiplicarse los mártires, la Iglesia sintió la necesidad de un día común para honrarlos a todos juntos, también a aquellos cuyos nombres nadie había podido guardar.

En Roma, el papa Bonifacio IV consagró el antiguo Panteón como iglesia dedicada a Santa María y a todos los mártires, un gesto que ayudó a extender la celebración. Siglos después, el papa Gregorio III dedicó una capilla en la basílica de San Pedro a todos los santos, y el papa Gregorio IV extendió la fiesta del 1 de noviembre a toda la Iglesia. Desde entonces, generación tras generación, los católicos de todo el mundo celebran en esta fecha a la Iglesia que ya triunfa en el cielo.

La víspera, el 31 de octubre, y el día siguiente, el 2 de noviembre, forman con esta solemnidad un tiempo muy especial: la Iglesia de la tierra se siente unida a la Iglesia del cielo y reza también por las almas que aún se purifican, como veremos en la conmemoración de los Fieles Difuntos.

Qué nos dice la Biblia sobre la multitud de los santos

El libro del Apocalipsis nos regala la imagen más hermosa de esta fiesta. San Juan escribe: «Después miré y vi una multitud inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua» (Apocalipsis 7, 9, Biblia Latinoamericana). Esa multitud, vestida de blanco y con palmas en las manos, está de pie ante el trono de Dios. Esos son, en palabras del mismo texto, los que han pasado por la gran tribulación y han lavado sus vestidos en la sangre del Cordero.

Para nuestro blog, dedicado a la Preciosa Sangre de Cristo, esta imagen toca el corazón: los santos no llegaron al cielo por sus propias fuerzas, sino lavados y sostenidos por la Sangre de Jesús. Su victoria es, ante todo, victoria de la gracia.

El Señor mismo trazó el camino en las bienaventuranzas: «Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios» (Mateo 5, 8, Biblia Latinoamericana). Y la carta a los Hebreos nos anima recordando que estamos rodeados de «una nube tan grande de testigos» (Hebreos 12, 1, Biblia Latinoamericana) que nos alientan a correr con perseverancia la carrera de la fe.

La llamada universal a la santidad: también es para ti

Una de las enseñanzas más claras del Concilio Vaticano II es que todos los bautizados estamos llamados a la santidad, cada uno en su estado de vida. No es un privilegio de sacerdotes y religiosas: es la vocación del esposo y la esposa, del joven estudiante, de la abuela que cuida a sus nietos, del que trabaja en una oficina, en el campo o conduciendo por la ciudad.

Ser santo no significa no caer nunca ni hacer cosas extraordinarias cada día. Significa amar a Dios y al prójimo en lo concreto: cumplir con honradez el trabajo, perdonar cuando cuesta, rezar aunque el día sea pesado, decir la verdad, ayudar sin esperar reconocimiento. Los santos que celebramos el 1 de noviembre hicieron exactamente eso, sostenidos por la gracia, en circunstancias muy parecidas a las nuestras.

Por eso esta fiesta no debe darnos miedo ni hacernos sentir lejanos. Al contrario: es una invitación cariñosa del Señor. Si ellos pudieron, con la ayuda de Dios tú también puedes. La santidad se construye un día a la vez, una decisión pequeña a la vez.

Cómo celebrar Todos los Santos en familia

La primera forma de celebrar es participar en la Santa Misa del 1 de noviembre, día de precepto en muchos lugares, y dar gracias a Dios por la vida de los santos. Llegar con tiempo, vestir con dignidad y vivir la Eucaristía en familia ya pone el corazón en el tono de la fiesta.

En casa puedes hacer gestos sencillos y muy formativos. Lee en familia la vida breve de un santo, especialmente el santo del nombre de cada hijo. Coloca su imagen en un lugar visible, enciende una vela y reza una oración pidiendo su intercesión. A los niños les ayuda mucho conocer a «su» santo: su historia se convierte en un amigo del cielo que los acompaña.

También es un buen día para hablar del cielo sin miedo, recordar con gratitud a los familiares que ya partieron y que esperamos estén con Dios, y distinguir con claridad esta celebración de las fiestas ajenas a nuestra fe que promueven el miedo y la oscuridad. Nuestra respuesta católica a la víspera no es el temor, sino la luz: los niños pueden disfrazarse de santos, representar sus vidas y aprender que la verdadera valentía es el amor.

La comunión de los santos: no caminamos solos

El Credo nos hace proclamar que creemos en la comunión de los santos. Esto significa que entre la Iglesia de la tierra, las almas que se purifican y la Iglesia del cielo existe un lazo vivo de amor y de ayuda mutua. Los santos interceden por nosotros ante Dios, y nosotros podemos honrarlos, imitarlos y pedir su compañía sin que eso reste nada a Cristo, único Mediador: al contrario, su amistad nos acerca más a Él, como un buen amigo nos acerca a la casa de quien amamos.

Cuando rezas a un santo no estás dejando de lado al Señor. Estás reconociendo que Dios quiso compartir su obra con sus hijos y que la familia de la fe no se rompe con la muerte. Pedir la intercesión de la Virgen María, de tu santo patrono o de un santo al que tienes devoción es apoyarte en hermanos mayores que ya llegaron a la meta y que desean verte llegar.

Que esta certeza te consuele en los días difíciles: no caminas solo. Una multitud de testigos, como dice la Escritura, te rodea, te anima y reza por ti.

Oración para la fiesta de Todos los Santos

Dios todopoderoso y eterno, que nos concedes celebrar en una sola fiesta los méritos de todos tus santos, te pedimos que, por la intercesión de esta multitud de hermanos, nos concedas la abundancia de tu misericordia.

Señor, gracias por la Virgen María, Reina de todos los santos, por los apóstoles, los mártires, los pastores, los misioneros y por tantos santos anónimos de nuestras propias familias. Enséñanos a seguir sus huellas en lo pequeño de cada día: a amar como ellos amaron, a perdonar como ellos perdonaron y a confiar como ellos confiaron.

Por la Preciosa Sangre de tu Hijo Jesucristo, que lavó los vestidos de esa multitud inmensa, purifica también nuestros corazones y haznos perseverar hasta el final. Que un día, por tu gracia, podamos unirnos a su canto en el cielo. Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros. Amén.

Que la fiesta del 1 de noviembre renueve en tu hogar el deseo de ser santo sin complicaciones: con oración diaria, sacramentos frecuentes, obras de misericordia y un amor concreto a los que tienes cerca. El cielo comienza a construirse aquí, en la tierra, decisión a decisión.

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Por Geovanny Valdez
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