Hay papas que se recuerdan por sus documentos y papas que se quedan grabados en el corazón de la gente sencilla. San Juan Pablo II fue las dos cosas a la vez: un pastor incansable que recorrió el mundo entero para anunciar a Cristo y que enseñó a millones de personas a no tener miedo.
Su fiesta se celebra el 22 de octubre, aniversario del inicio de su pontificado en 1978. Conocer su vida es acercarse a un hombre de oración profunda, de sufrimiento ofrecido y de una confianza total en la Virgen María, que repetía con su lema: Totus tuus, todo tuyo, Madre.
Un niño polaco marcado por el dolor y la fe
Karol Józef Wojtyła nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, una pequeña ciudad de Polonia. Su infancia estuvo marcada muy pronto por la pérdida: su madre murió cuando él tenía apenas nueve años, y también perdió a su hermano mayor y, años después, a su padre, con quien lo unía un vínculo muy fuerte.
Quienes lo conocieron de joven cuentan que encontró en la oración la fuerza para no endurecerse. Su padre lo enseñó a rezar con sencillez, y esa imagen de un hombre arrodillado en la noche, rosario en mano, quedó para siempre en el corazón de Karol. La fe, para él, nunca fue una costumbre: fue el refugio y la respuesta en medio del dolor.
En su juventud amó el teatro, la poesía, el deporte y la montaña. Era un joven alegre, con amigos, con estudios de literatura y filosofía, y con una pregunta que crecía en su interior mientras Europa entraba en una de las etapas más oscuras de su historia: qué quería Dios de su vida.
Sacerdote bajo la persecución, pastor de su pueblo
Durante la ocupación nazi de Polonia, Karol trabajó en una cantera y en una fábrica para poder sobrevivir, mientras estudiaba en secreto en un seminario clandestino. En un país donde la fe era perseguida, prepararse para ser sacerdote era ya un acto de valentía y de esperanza.
Fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946. Después continuó sus estudios, enseñó en la universidad y acompañó de cerca a los jóvenes y a las familias, con quienes compartía excursiones, conversaciones largas y una dirección espiritual cercana y humana. Para él, cada persona era un camino que Dios ponía en sus manos.
Nombrado obispo y más tarde cardenal de Cracovia, defendió con firmeza serena la libertad religiosa frente al régimen comunista. No respondió con odio, sino con la verdad del Evangelio, con la cultura y con una confianza inquebrantable en la dignidad de cada ser humano, creado a imagen de Dios.
«No tengan miedo»: el corazón de su pontificado
El 16 de octubre de 1978, Karol Wojtyła fue elegido Papa y tomó el nombre de Juan Pablo II. Era el primer Papa no italiano en más de cuatro siglos y venía, como él mismo dijo, de un país lejano, pero siempre cercano por la fe. El 22 de octubre, al iniciar solemnemente su ministerio, pronunció la frase que marcaría todo su pontificado: «¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas a Cristo!».
Esas palabras no eran un simple eslogan. Eran el resumen de su propia vida: no tener miedo del dolor, no tener miedo de la historia, no tener miedo de entregar la vida. Como dice el Señor en el Evangelio según san Juan, en la Biblia Latinoamericana: «Les dejo la paz, les doy mi paz» (Jn 14,27). Juan Pablo II creyó que esa paz solo se encuentra cuando Cristo ocupa el centro.
Como Papa peregrino realizó más de cien viajes apostólicos fuera de Italia y visitó países de todos los continentes, entre ellos muchas naciones de América Latina, a las que llamó el continente de la esperanza. En cada plaza, en cada catedral y en cada encuentro sencillo repetía el mismo mensaje: Cristo conoce el corazón del hombre y solo Él sabe lo que hay en su interior.
Su amor a la Virgen María y a la Divina Misericordia
La devoción mariana de Juan Pablo II nacía de su propia herida: al perder a su madre siendo niño, encontró en María una Madre que nunca lo abandonó. Su lema episcopal y papal, Totus tuus, tomado de san Luis María Grignion de Montfort, resumía esa entrega total a la Virgen para llegar más plenamente a Cristo.
El 13 de mayo de 1981 sufrió un grave atentado en la Plaza de San Pedro. Sobrevivió de una manera que muchos consideraron milagrosa, y él atribuyó su vida a la protección maternal de Nuestra Señora de Fátima, en cuya fiesta ocurrió el ataque. Tiempo después visitó en prisión a quien había disparado contra él y lo perdonó personalmente, dando al mundo una lección inolvidable de misericordia.
También impulsó con fuerza la devoción a Jesús de la Divina Misericordia, difundida por santa Faustina Kowalska, a quien canonizó en el año 2000. Instituyó la Fiesta de la Divina Misericordia el segundo domingo de Pascua, recordando a la Iglesia que el corazón de Dios no se cansa de perdonar a quien vuelve a Él con humildad.
El Papa de los jóvenes y de la familia
Juan Pablo II creyó en los jóvenes cuando muchos los daban por perdidos. Convocó las Jornadas Mundiales de la Juventud, que reunieron a millones de muchachos y muchachas en distintos países, y les habló sin rebajar el Evangelio: les pidió santidad, valentía y una vida entregada, recordándoles que ellos son el futuro y la esperanza de la Iglesia.
Defendió con claridad la dignidad de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, el matrimonio y la familia como escuela de amor, y la justicia para los pobres y los trabajadores. Su enseñanza sobre el cuerpo, el amor y la familia sigue iluminando a matrimonios y novios que buscan vivir su vocación con fidelidad y alegría.
Para muchas familias latinoamericanas, sus visitas quedaron como un recuerdo imborrable: madres que levantaron a sus hijos para que los bendijera, abuelos que rezaron el rosario con él a la distancia y jóvenes que descubrieron, escuchándolo, que la santidad no es un sueño lejano, sino un camino posible para todos.
Sufrimiento ofrecido y partida a la casa del Padre
En sus últimos años, el Papa que había recorrido el mundo con paso firme fue quedando marcado por la enfermedad y la fragilidad. Lejos de esconderse, ofreció su sufrimiento en público, enseñando que también la debilidad, vivida con Dios, puede convertirse en testimonio. La cruz, repetía con su vida, no tiene la última palabra.
Murió el 2 de abril de 2005, en la víspera de la Fiesta de la Divina Misericordia, rodeado de la oración de miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, muchos de ellos jóvenes. En su funeral, la multitud expresó el sentir de millones de personas con un grito que recorrió el mundo: santo súbito, santo ya.
La Iglesia lo beatificó en 2011 y el Papa Francisco lo canonizó el 27 de abril de 2014, también en la Fiesta de la Divina Misericordia. Su fiesta litúrgica quedó fijada el 22 de octubre, para que cada año recordemos su invitación a abrir de par en par las puertas del corazón a Cristo.
Oración a San Juan Pablo II
San Juan Pablo II, Papa peregrino y testigo valiente del Evangelio, tú que enseñaste al mundo a no tener miedo y a abrir las puertas a Cristo, intercede por nosotros ante el Señor.
Alcánzanos una fe firme en medio de las pruebas, un amor confiado a la Virgen María y un corazón misericordioso capaz de perdonar. Pide por nuestras familias, por los jóvenes, por los enfermos y por quienes han perdido la esperanza.
Enséñanos a ofrecer nuestros sufrimientos unidos a la cruz de Cristo y a gastar nuestra vida por amor, como lo hiciste tú. Que, sostenidos por tu intercesión, sepamos decir cada día con confianza: Señor, en ti confío; Madre Santa, soy todo tuyo. Amén.
Si hoy celebras su fiesta, regálale al Señor un acto concreto de valentía en tu fe: acércate al sacramento de la reconciliación, reza el rosario en familia o perdona de corazón a esa persona que tanto te cuesta. Así, al estilo de san Juan Pablo II, tu vida también anunciará que no hay que tener miedo.
Por Geovanny Valdez
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