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San Evaristo: vida, pontificado y oración al quinto Papa y mártir de la Iglesia

Interior de una antigua basílica romana al amanecer con velas encendidas y luz dorada en honor a San Evaristo, Papa y mártir

En los primeros años de la Iglesia, cuando ser cristiano podía costar la vida, hubo hombres que sostuvieron la fe de las pequeñas comunidades con una valentía silenciosa. Uno de ellos fue san Evaristo, el quinto Papa de la Iglesia, sucesor de san Clemente, que guió a los cristianos de Roma en tiempos de persecución y entregó su vida como mártir.

Su fiesta se celebra el 26 de octubre. En la víspera de ese día, desde La Devoción de la Sangre de Cristo, nos acercamos a su historia para aprender que la Iglesia no se sostiene solo en los tiempos fáciles: se sostiene, sobre todo, cuando sus pastores permanecen firmes en medio de la prueba.

Un pastor de los primeros tiempos de la Iglesia

La tradición cuenta que Evaristo nació en Belén, en una familia de origen griego, y que llegó a Roma en años en que la comunidad cristiana todavía se reunía con discreción, en casas y en lugares apartados, porque el Imperio miraba con sospecha a quienes confesaban a Jesucristo como Señor.

A la muerte de san Clemente, hacia el año 97, los fieles de Roma lo eligieron como su obispo y pastor. No era un cargo de honor en el sentido humano: ser Papa en aquel siglo significaba cargar sobre los hombros el cuidado de viudas y huérfanos, la atención de los pobres, la unidad de las comunidades y, muchas veces, el riesgo de ser arrestado por presidir la celebración de la fe.

Evaristo aceptó esa responsabilidad con humildad. Su pontificado duró cerca de ocho años, hasta alrededor del año 105, y aunque los documentos de aquella época son escasos, la memoria de la Iglesia lo recuerda como un organizador fiel y un testigo valiente.

El Papa que ordenó la vida de la Iglesia en Roma

Según la tradición recogida por los antiguos catálogos de los Papas, san Evaristo ayudó a dar forma a la vida de la Iglesia en la ciudad. Se le atribuye haber repartido entre los presbíteros los títulos o comunidades de Roma, para que cada zona tuviera un pastor cercano que celebrara la Eucaristía, enseñara la fe y atendiera a los necesitados.

También se recuerda su preocupación por la ordenación de sacerdotes y diáconos y por que los ministerios se ejercieran con dignidad y en público testimonio de vida. En una Iglesia que apenas empezaba a crecer, ese orden sencillo fue una semilla importante: la fe no se improvisaba, se transmitía con cuidado, de generación en generación, como un tesoro que había que guardar unido.

Para nosotros, esa enseñanza sigue viva. Una parroquia organizada, unos ministros formados y unos fieles que conocen su fe no son un lujo: son la manera concreta de que el Evangelio llegue a todos y de que nadie camine solo en los momentos difíciles.

Fe firme en tiempos de persecución

Evaristo ejerció su ministerio bajo el Imperio romano, en años marcados por la vigilancia y, en muchos lugares, por la persecución contra los cristianos. Confesar a Cristo, negarse a adorar a los dioses del Imperio y reunirse para partir el Pan era una decisión que podía terminar en la cárcel o en la muerte.

La tradición lo cuenta entre los Papas mártires de los primeros siglos. Se dice que entregó su vida por la fe hacia el año 105, durante el reinado del emperador Trajano, y que su cuerpo fue sepultado cerca de la tumba de san Pedro, en la colina Vaticana, junto a los primeros pastores que también habían dado testimonio con su sangre.

No conocemos discursos largos suyos ni escritos extensos que hayan llegado hasta nosotros. Su palabra más fuerte fue su propia vida: permanecer al frente de su comunidad cuando quedarse significaba arriesgarlo todo. Esa fidelidad silenciosa es, todavía hoy, una homilía que no necesita micrófono.

Lo que san Evaristo nos enseña hoy

Primero, nos enseña el valor de la perseverancia. La Iglesia de su tiempo era pequeña, pobre y perseguida, y sin embargo no dejó de reunirse, de celebrar y de ayudarse. Cuando hoy sintamos que la fe se vive a contracorriente, su ejemplo nos recuerda que el Señor nunca abandona a su pueblo, tampoco en las épocas más oscuras.

Segundo, nos enseña a cuidar la unidad. Evaristo trabajó para que las comunidades de Roma no caminaran cada una por su lado, sino unidas en una misma fe y en una misma caridad. La división debilita; la comunión fortalece. Eso vale para una diócesis, para una parroquia y también para una familia.

Y tercero, nos enseña que el servicio en la Iglesia es entrega, no búsqueda de reconocimiento. Los primeros Papas no tenían palacios ni seguridades humanas: tenían una misión y la cumplieron hasta el final. Como dice la Escritura: «Sean constantes e inquebrantables en la obra del Señor, sabiendo que el trabajo que realizan por el Señor no es en vano» (1 Corintios 15,58, Biblia Latinoamericana).

Patrono y ejemplo para quienes sirven a la Iglesia

La devoción a san Evaristo se ha mantenido sobre todo en la memoria de la Iglesia de Roma, que lo venera en el Martirologio como Papa y mártir. Su figura acompaña de manera especial a quienes ejercen un servicio en la comunidad: sacerdotes, diáconos, catequistas y todos los fieles que, sin hacer ruido, sostienen la vida de su parroquia semana tras semana.

Pedir su intercesión es pedir esa misma gracia: un corazón de pastor, firme en la fe, cercano a los que sufren y capaz de organizar el bien para que llegue a más personas. En tiempos en que a veces cansa servir sin ser visto, Evaristo nos recuerda que Dios sí ve, y que ninguna entrega hecha por amor a Cristo se pierde.

Oración a San Evaristo, Papa y mártir

Señor Dios, que concediste a san Evaristo la gracia de guiar a tu Iglesia en tiempos de persecución y de sellar su fe con el testimonio del martirio, concédenos por su intercesión una fe firme y un corazón dispuesto a servir. Bendice, Señor, a nuestro Papa, a nuestros obispos y sacerdotes, y a todos los que trabajan en silencio por sus comunidades; danos pastores según tu corazón y fieles unidos en una misma fe y una misma caridad. Que, sostenidos por la Preciosa Sangre de tu Hijo Jesucristo, nunca nos avergoncemos del Evangelio y permanezcamos constantes en tu obra hasta el final. Amén.

Que san Evaristo interceda hoy por tu familia, por tu parroquia y por toda la Iglesia. Y recuerda: la fe que se mantiene firme en la prueba es la que termina dando más fruto.

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Por Geovanny Valdez
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